Esto pasó hace unos años, más o menos entre 2021 y 2022.
En noviembre, en mis vacaciones del trabajo, el dinero se me había acabado. Había ayudado a mis padres con unas medicinas y exámenes que ellos necesitaban pagar y no me quedó dinero, ya no alcanzaba para el alquiler. Entonces publiqué un anuncio aquí y terminé hablando con un señor que venía al carnaval de San Miguel desde Estados Unidos.
(Obviamente no voy a poner su nombre real). Se llamaba o se llama Ronald, casi 60 años de edad, trigueño, gordito, algo callado. Me ofreció doscientos dólares por una noche completa. Desde el principio habíamos quedado en que me iba a vestir de niña para él en el cuarto. Sobre el resto solo me dijo: Cuando estemos allá te cuento un poco más de lo que quiero hacer.
Yo acepté casi sin pensarlo. Lo miré y pensé: un viejo gordo, de esos que casi no se les para, de esos que con dos embestidas ya se vienen y se quedan roncando. Creí que iba a ser un polvo de gallo, algo rápido, fácil, que me pagaba por aguantar un rato, un par de puyones y listo.
Todo el viaje hacia la playa el maitro iba tomando agua sin parar, botella tras botella. Yo lo miraba y no entendía por qué bebía tanto, pero no le di importancia.
Cuando llegamos a la playa todavía era de día. Anduvimos tranquilos por la orilla, caminando despacio, platicando. Me contó un poco de su vida en Estados Unidos, de cómo venía de vacaciones solo, y yo le hablé de mi trabajo y de por qué necesitaba el dinero. Nos conocimos un poco, sin prisa, bajo el sol. Él me trataba con una calma casi paternal, llamándome chelita de vez en cuando, como si ya me conociera de siempre.
Cenamos a las cinco. Después nos regresamos al hotel frente al mar. En la habitación pedimos unos cuantos cócteles. Bebimos despacio hasta que el alcohol empezó a soltarme el cuerpo. Eran cerca de las seis cuando, conmigo ya un poco mareado y sin forma fácil de irme a casa, me miró fijamente, parecía enojado el maitro y estando bolo me dijo:
Yo te pago, chelita pero solo si aguantas todo lo que te meta. Hay trato o no hay trato?
No tenía opción. Acepté. Creí que solo me iba a meter la ñonga un rato y ya.
Me mandó a cambiarme, tal como habíamos quedado: una falda y una blusa de cuello de tortuga ajustada. Cuando salí del baño él ya estaba en la cama, pantalones abiertos.
Ven, chelita.
Me arrodillé entre sus piernas y le chupé la pistola hasta dejarla dura. Luego me puso trasero arriba contra el colchón, me subió la falda, me puso lubricante en la cola y entró. Me pisó lento al principio, profundo, con sus manos en mi cintura. Cuando se acercó al orgasmo se detuvo un momento, respiró hondo y siguió hasta correrse soltando todo el semen caliente dentro de mi culo.
No lo tires, chelita ordenó. Ese es el trato, tenés que aguantar los líquidos adentro.
Me quedé quieto, apretando. Él se sentó a mi lado y esperó. Al rato volvió a entrar. Esta vez más rápido. El bombeo metía aire y la presión empezó a subir. Sentí cómo se me hinchaba un poco la panza. Un pedo corto se me escapó contra la base gruesa de su pico.
Chanchita pedorra ya vas a ver me dijo con una sonrisa, y empujó más fuerte.
Entonces se orinó por primera vez dentro de mí.
Fue una sensación que nunca había sentido. Primero un calor extraño, distinto al del semen, más líquido, más abundante. El chorro empezó suave y de pronto se volvió fuerte, insistentemente, llenándome desde adentro como si alguien estuviera vaciando una manguera caliente directo en mis entrañas. Sentí cómo el líquido subía, cómo mi culo se expandía para recibirlo, cómo la presión empujaba hacia afuera y yo tenía que apretar para no soltar ni una gota.
Ahí fue cuando caché y entendí lo que me quería decir con que tenía que aguantar todo adentro y me di cuenta que me había metido en camisa de once varas.
Era humillante y excitante al mismo tiempo: saber que un hombre mayor me estaba usando como su orinal personal y que su orina se mezclaba con su leche dentro de mí, que yo estaba reteniendo todo como una puta obediente. La panza me empezó a retumbar y doler un poco por la cantidad.
Pero tenía que aguantar o si no me quedaba sin pisto.
Así, chelita reténlo todo me susurró contra el oído mientras seguía miándose dentro de mí y me acariciaba la panza con una mano.
Como a los 20 minutos después me montó de nuevo. Me puso de rodillas, me abrió las nalgas y me folló mirando cómo se me tensaba el vientre. Se orinó por segunda vez, más largo todavía, hasta que la presión me hizo sentir muchas ganas de ir al baño. La panza me retumbaba de vez en cuando y el maitro comenzó a bombearme, se empujaba fuerte contra mi trasero y no sé cómo lograba bombearme aire adentro. Otro pedo húmedo se me escapó sin poder evitarlo. Él se rió bajito y siguió bombeando como tratando de sacarme más pedos.
Como a la media hora me me empujó una tercera vez. Se corrió de nuevo y se orinó por tercera vez, llenándome hasta el límite. Me obligó a que me moviera sobre él y que le diera sentones mientras él se quedaba sintiendo cómo todo se me movía adentro, cómo se escuchaban los líquidos dentro de mí. La panza me retumbaba por la presión y los gases que el bombeo había metido.
Eran apenas las ocho y media de la noche.
El maitro se aburrió rápido. Dijo que quería salir un rato. Me obligó a ir con él a un bar cercano todavía vestido de mujer: la falda corta y la blusa de cuello de tortuga. Tuve que maquillarme a la carrera: un poco de labial, algo de sombra, lo suficiente para que no se notara tanto bajo la luz del local. Salimos así.
En el bar estuvimos como una hora o dos. Seguíamos platicando entre tragos y bromas. Él me miraba la panza, ya visiblemente hinchada, y entre risas me decía:
No te vaya a embarazar, chelita se te ve un poco sopladita la panza.
Quizás la leche de las minutas me cayó mal le dije.
Pero la verdad es que apenas podía concentrarme. La presión en el culo era constante, como si me estuvieran empujando desde adentro. Sentía unas ganas locas de tirarme un pedo, de soltar aunque fuera un poquito de aire, pero me daba un miedo terrible de que se me saliera todo de golpe. La panza me burbujeaba sin parar, como cuando uno está mal del estómago y le suenan las tripas, solo que esto no era comida ni gases normales: eran puros miados revueltos con el semen de ese señor, calientes y líquidos, moviéndose adentro cada vez que me reía o me movía. Los retortijones iban y venían y yo solo pensaba en escaparme un momento al baño para soltar aunque fuera un poco.
De pronto al maitro le sonó el teléfono. Contestó y se alejó un poco para hablar. Fue mi oportunidad. Me levanté decidido a ir al baño. Por pena y miedo no entré al de mujeres; me metí al de hombres. Unos cheros que estaban adentro se quedaron viéndome bien extrañados, mirándome de arriba abajo con cara de qué hace este aquí?. Había una pequeña fila para el sanitario. Esperé. Cuando por fin quedó libre habían pasado unos cinco minutos y en ese momento el maitro entró al baño. El tipo que estaba adentro salió y se fue. Quedaba solo uno lavándose las manos y que también se fue. Le dije al maitro que iba a hacer pipí. Él me miró, sonrió y contestó:
Yo también vengo a hacer pipí. Entramos los dos.
Me puso la mano en la cadera y me empujó con cariño dentro del cubículo del baño, cerró la puerta, me subió la falda y entró de nuevo. Se orinó dentro de mí por cuarta vez, lento y abundante, mientras yo me temblaban las piernas e intentaba mantenerme de pie con todas mis fuerzas sintiendo cómo el líquido caliente se juntaba con todo lo que ya llevaba retenido.
Cuando finalmente regresamos al hotel ya era más tarde. Casi no dormí. La presión me hacía sentir con ganas constantes de ir al baño, eran como retortijones que iban y venían, obligándome a apretar una y otra vez para no soltar nada. Cada vez que cerraba los ojos el líquido se movía adentro y me despertaba de nuevo.
En la mañana, antes de venirnos, cuando entré a la ducha, el maitro me vio hacer eso y se dio prisa para entrar conmigo, para asegurarse de que no dejara salir nada. Me puso la mano en la cintura, acariciándome las nalgas y besándome, me metía la lengua lentamente y me topó contra la pared mojada. Me dijo que tenía muchas ganas de orinar y me la metió despacio y se orinó dentro de mí otra vez, lento y abundante, mientras el agua caía sobre los dos. Sentí cómo el chorro caliente se sumaba a todo lo que ya llevaba, hasta que ya no cabía más. Me temblaban las piernas. Al salir busqué entre mis chunches hasta encontrar un plug anal redondo que pudiera servir de tapón. Me lo metí con cuidado, sintiendo cómo sellaba todo adentro, y me acomodé la ropa.
En el regreso a San Miguel, todo el viaje el maitro venía acariciándome. Como estoy algo gordo y soy femenino, no paraba de tocarme: me metía la mano bajo la ropa y me sobaba los huevos con los dedos, después subía y me apretaba las chiches, jugando con ellas como si fueran de mujer mientras el carro avanzaba.
De vez en cuando, sobre todo en los baches de la carretera, hacían que se escuchara el movimiento de los líquidos dentro de mí: un chapoteo suave, húmedo, imposible de ignorar. Yo apretaba las nalgas y miraba hacia la ventana, sintiendo cómo el plug hacía su trabajo pero no podía callar del todo el sonido.
Me bajé en Catedral. De ahí agarré la ruta 11 para volver a donde alquilaba en aquel tiempo. En el camino la panza me iba retumbando de tanto en tanto, era un rugido de tripas algo fuerte a veces.
Cada vez que sonaba un poco más fuerte bajaba la mirada, sintiendo una pena e imaginándome que las personas a mi alrededor podían sospechar lo que acababa de hacer, lo que todavía llevaba retenido adentro. Creía que todos lo sabían.
Llegué a casa con el alquiler asegurado y el recuerdo de su ñonga y su orina todavía pesando en mi cuerpo y con la certeza de que había subestimado por completo a aquel viejo que parecía inofensivo.
Nunca imaginé que un señor me haría tantas cochinadas y que no se cansaba, que me iba a usar durante horas como si yo fuera su orinal personal. Lo subestimé por completo y me destruyó el trasero.
Cuando finalmente llegué al baño sentía calambres en la panza, y eché todo en el baño, vacié todos sus miados, semen y demás. La panza me quedó retumbando como dos días más y cada vez que me gruñían las tripas recordaba todo lo que había hecho. Lo disfruté y lo volvería a hacer.
| Publicado: 11/10/2026 | Visualizado: 2107 veces |
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